La otra esclavitud. Historia oculta del esclavismo indígena

El sonido incesante de insectos que habitan en los humedales, hileras de plantas de algodón, casetas miserables de madera decoradas con jirones habitadas por musculados africanos y sus descendientes y un amo sentado en el porche de su casona tratando de apagar el sudor con una jarra de limonada y un abanico.

Una cena de etiqueta en una mansión burguesa, ellas con corsés estrangulantes y ellos ataviados con sombrero de copa y bastón, varias jóvenes negras regatean entre la multitud de invitados portando bandejas rebosantes de copas y canapés, todas bajo mando de otra africana de mayor edad, que hace las veces de líder del servicio.

Las dos escenas esbozadas arriba son recurrentes cuando se piensa en la esclavitud en América, que se tiende a identificar exclusivamente con la esclavitud de personas de origen africano que llegaron al Nuevo Mundo hacinados en las bodegas de grandes barcos y sus descendientes. No hay que menoscabar el mérito de la industria hollywoodiense en la construcción de este imaginario. Andrés Reséndez pretende, con el libro que aquí se reseña, dirigir la mirada hacia otro tipo de esclavitud que se dio en América desde tiempos precolombinos y hasta el siglo XX: la de los indígenas americanos. Para ello centra su estudio en el área actual del Caribe, México y el suroeste de los Estados Unidos.

La historia de los esclavos amerindios aparece sólo parcialmente en las fuentes disponibles. A diferencia de la esclavitud de hombres y mujeres africanos, se trataba de una práctica ilegal desde el siglo XVI por voluntad de la corona española. Por este motivo, no aparecen listas de embarques, ventas, o precios de forma expresa, como sí ocurre con los esclavos de origen africano. De ello se destila la dificultad de su estudio y es por esto que el autor opta por calificarla con la palabra «oculta».

Soldado español junto a aliados indígenas durante las guerras de conquista, Lienzo de Tlaxcala

Una historia oculta entre la avidez de los esclavistas y la intención abolicionista de las leyes de la monarquía

Como se acaba de indicar, existía desde los primeros años del siglo XVI la prohibición de esclavizar a los indios de América, especialmente desde la publicación de las «Leyes Nuevas» durante el reinado de Carlos V, en 1542. No obstante, el autor señala que la aplicación de estas medidas de protección contra la esclavitud indígena no tuvieron demasiado éxito en el continente americano. A pesar de la voluntad de los reyes y la mayor o menor implicación de los funcionarios de la monarquía en el Nuevo Mundo, los beneficios que la esclavitud indígena producía para los dueños de esclavos provocó que escaparan a estas medidas. Los esclavos indígenas suponían un pilar fundamental de la economía y sociedad coloniales, demasiado importantes como para que los beneficiarios de ese sistema se desprendiesen de ellos a la ligera.

Uno de los aspectos que señala el autor es que la esclavitud no era desconocida en la América precolombina. Existían esclavos en las diferentes sociedades americanas antes de la llegada de los europeos, y estos se beneficiaron de este sistema creando la clasificación de «esclavos de rescate», que eran aquellos que ya habían sido esclavizados por los propios indígenas. Junto con los «esclavos de guerra», cuya naturaleza no creo necesaria definir, eran las dos modalidades de esclavitud legal en la América española hasta la prohibición total de la esclavitud indígena con las ya mencionadas «Leyes Nuevas».

Defiende Reséndez que la esclavitud india no es un residuo de las guerras de conquista o una fase de transición hasta la llegada de esclavos africanos, sino «una auténtica red bien establecida, con poder de permanencia y en la cual un grupo de individuos, desde burócratas imperiales hasta mineros, gobernadores, capitanes de frontera y aliados indios, tenía algún interés en el juego». Para ilustrar este sistema, presenta al lector a uno de los personajes más singulares relacionados con las redes esclavistas, tanto en África como en América, durante el siglo XVI: Luis de Carvajal.

Luis de Carvajal, cristiano nuevo y esclavista en Cabo Verde y Guinea, viajó a México en 1567 cuando ya amasaba una fortuna. Protagonizó campañas hacia el norte de la Nueva España en el contexto de las llamadas guerras chichimecas, capturando miles de indígenas que, bajo distintas fórmulas legales, se convirtieron en esclavos de facto, enriqueciendo a los soldados que le acompañaban y a él mismo. llegó a ser nombrado capitán general y gobernador del Nuevo Reino de León, territorio en el noreste del actual México y el sur de Texas. En su auge como esclavista y hombre fuerte de la administración en la Nueva España, además de su riqueza aumentó el número de sus enemigos y tras la caída del virrey Martín Enríquez de Almansa, su valedor, sufrió persecución inquisitorial. Acusado de encubrir a varias familias de judaizantes que había llevado al Nuevo Mundo desde diferentes pueblos de La Raya, región fronteriza de España y Portugal, muchos de ellos de su propia familia, murió en prisión en 1591.

Mapa del noreste del actual México a finales del XVI, de Abraham Ortelius

A medida que avanzaba la presencia española en América, las zonas esclavistas se mudaron de lugar. Si bien durante las primeras fechas de la conquista se centraban en las zonas más pobladas, desde el siglo XVII era en los lugares más aislados del imperio donde proliferaban más los ejemplos de esclavitud indígena. El autor señala algunos focos principales: Chile, donde la guerra con los mapuches hizo que la propia corona hiciera una excepción aprobando la esclavización de estos indios durante casi todo el siglo XVII; la zona de Paraguay-Tucumán, en la que también operaban los bandeirantes del Brasil; las llanuras de Venezuela y Colombia, en las que otras potencias europeas (ingleses, franceses y holandeses) también se surtían de esclavos indígenas, especialmente los capturados por los indios caribes; y el norte de México, lugar en el que el autor centra su estudio.

En todo el proceso, Reséndez no deja de señalar la postura abolicionista de la que la corona, con mayor o menor voluntad y eficacia, hacía gala. A pesar de existir momentos y lugares en los que la ley permitía e incluso apoyaba la existencia de esclavos indígenas —ya nos hemos referido a los mapuches en Chile durante el XVII—, la actitud dominante de la corte de Madrid era la de la liberación de los esclavos indígenas. La «cruzada antiesclavista» de la corona española, denominada así en el libro, conoce un auge a partir del reinado de Felipe IV y sobre todo de la regencia de Mariana de Austria y el reinado de Carlos II, reconocida como «un hito muy poco reconocido en la larga y accidentada historia de nuestros derechos humanos».

Como muestra del relativo alcance real de estas leyes más allá del papel por la oposición tanto de los propietarios de esclavos como de los funcionarios de la corona en América —muchas veces eran los mismos—, basta mencionar la oposición expresa a las leyes de la regente Mariana y de Carlos II por parte del gobernador de Santiago, Juan Enríquez, o la negativa aún más general y explícita en Filipinas, donde incluso los indígenas propietarios de esclavos se unieron a los miembros de la audiencia, el gobernador y demás altos funcionarios para negarse a aplicar las disposiciones abolicionistas que llegaban desde Madrid.

Para evidenciar la trascendencia histórica de la otra esclavitud, uno de los capítulos del libro está dedicado al análisis de las causas, el desarrollo y las consecuencias de la rebelión de los indios pueblo en Nuevo México en 1680, que consiguió expulsar a los colonizadores españoles de ese territorio por 12 años tras tres generaciones de presencia allí. Esta rebelión, tradicionalmente explicada casi exclusivamente por causas religiosas y, en menor medida, por la presencia de hambrunas y pestes, la relaciona Reséndez más estrechamente con el sistema de esclavización de indígenas del norte de la Nueva España para ser llevados a trabajar a las minas de plata del centro y norte mexicanos, basándose en su extensión territorial, en las propias declaraciones de los rebeldes y en el momento en que ocurrió, lejano a cualquier epidemia o hambre.

Acuarela de Fred Kabotie que muestra un grupo de indios hopi destruyendo una iglesia y matando a un misionero en el contexto de la rebelión de 1680 (1976), [Fuente]

La posición de los indígenas americanos en la dialéctica de la esclavitud como víctimas no fue la única realidad existente. Ya se ha mencionado la existencia de la esclavitud en las sociedades precolombinas, pero también hay que tomar nota de las actividades esclavistas de ciertos grupos indígenas en épocas posteriores. En el área que estudia el libro, serán los comanches quienes se convertirán en el más importante ejemplo de indios esclavistas. A pesar de la presencia de otros grupos indígenas que traficaban con esclavos, vendiendo personas capturadas de otras etnias a los europeos —utes, apaches, navajos—, fueron los comanches los mayores protagonistas indígenas de este negocio. Las causas del auge de esta dinámica son, según Reséndez, la mayor efectividad de la legislación antiesclavista española a medida que avanzaban los años, que provocó que muchos españoles prefirieran dejar de lado estas prácticas antes que enfrentarse a las medidas punitivas de la administración imperial; y la difusión de caballos y armas de fuego entre algunos pueblos indígenas de la zona, que les dieron superioridad frente a otros. Así, para mediados del siglo XVIII, los comanches eran «los principales proveedores de cautivos de la región».

Pese al menor protagonismo de los españoles en cuanto a la caza de esclavos a medida que pasaban los años, no se puede decir que las actividades esclavistas de los europeos hacia los indígenas desaparecieran por completo. Uno de los ámbitos donde se dieron sistemas organizados de explotación indígena en este sentido fue la linea de presidios establecidos en torno a la actual frontera de EEUU y México, donde guarniciones militares establecidas por los españoles fueron centros de captura y esclavización de indígenas. Así, cuando la esclavitud indígena había desaparecido casi totalmente en los EEUU y Canadá para comienzos del siglo XIX, sustituida por la esclavitud africana, en la zona que nos ocupa siguió viva e incluso expandiéndose, aunque los beneficiarios de ese negocio se fueran diversificando. El desorden inicial provocado por la independencia de México, fue campo abierto para la expansión más hacia el sur de ataques comanches, ataques que iban asociados a la captura de personas que después eran vendidas tanto a los europeos como a otros grupos indígenas.

Extensión de la Comanchería hacia 1850 [Fuente]

La persistencia de la esclavitud indígena tras la independencia de México

Ya en el México independiente, la legislación antiesclavista dio alas a la expansión de una institución que ya estaba presente desde el siglo XVI: el peonaje por deudas. Así, aunque nominalmente no existían esclavos en México, los grandes hacendados disponían de cientos e incluso miles de indígenas endeudados con ellos que trababan en sus explotaciones. Entrado ya el siglo XX persistían estas prácticas de la otra esclavitud, tan a la vista que incluso se podía transferir la deuda entre distintos amos, esto es, comprar y vender esclavos. En la zona de California, con la llegada de los estadounidenses desde el este hacia mediados del siglo XIX —especialmente tras el tratado de Guadalupe Hidalgo, que puso fin a la guerra entre estadounidenses y mexicanos mediante la ampliación territorial de los primeros sobre los segundos— estas prácticas siguieron al orden del día, prodigándose el autor del libro con ejemplos de estadounidenses esclavistas que conocieron el sistema de la otra esclavitud, lo tomaron como propio y lo desarrollaron. Para Reséndez, no existe diferencia de fondo entre la teórica libertad de los indios pero la obligatoriedad de trabajar en las explotaciones mineras o agrícolas de los europeos que se dieron en los primeros años de la conquista española o en el siglo XIX en California o Utah, donde los mormones esgrimían razones religiosas para servirse del trabajo indígena.

El papel protagonista de los estadounidenses en el tráfico de esclavos indígenas creció exponencialmente tras la guerra contra México y el establecimiento de las actuales fronteras con el tratado de Guadalupe-Hidalgo y la posterior venta de La Mesilla. La Guerra de Secesión y la política de traslados de las naciones indias fueron contextos en os que la esclavitud indígena conoció las cotas más elevadas en la zona, convirtiéndose en los años 60 del siglo XIX los navajos en el pueblo esclavizado por excelencia. La legislación antiesclavista de los EEUU tras la victoria de la Unión sobre la Confederación estaba dirigida a terminar con la esclavitud africana, pero la otra esclavitud, los trabajos forzados y los peonajes del suroeste del país, no desaparecieron sino paulatinamente, en un proceso jalonado por multitud de leyes, juicios, campañas y denuncias que se siguieron produciendo bien entrado el siglo XX.

El autor y el libro

Historiador especializado en los descubrimientos, la colonización y las fronteras en América del Norte, el mexicano Andrés Reséndez inició su formación académica en El Colegio de México, donde se graduó en relaciones internacionales. Posteriormente, obtuvo su doctorado en historia en la Universidad de Chicago para, tras continuar sus estudios en Yale y Helsinki, establecerse como profesor en la Universidad de California en Davis.

Además del libro que se reseña aquí, galardonado con el premio Bancroft —patrocinado por la Universidad de Columbia—, ha publicado varios títulos más, entre los que destacan los siguientes:

Se puede consultar aquí una entrevista con el autor en CTXT.

En cuanto a la lectura del libro, una de sus principales características es la gran cantidad de espacio dedicado a las notas, las referencias y la bibliografía, que suponen casi una cuarta parte del total de la publicación. En cuanto al estilo del texto, se aprecia claramente que el público objetivo de la publicación original —se publica en inglés en EEUU en 2016 y en 2019 se traduce al castellano— es el mundo anglosajón. La forma de explicar ampliamente determinados aspectos de la historia española que para un lector español o hispanoamericano son sobradamente conocidos es uno de los síntomas que lo demuestran. El discurso global del libro se ve algo entrecortado, con muchos temas analizados que a veces parecen perder algo de cohesión global, lo cual se puede relacionar con el condicionante de las fuentes disponibles, pero logra convertirse en una narración coherente.

En el epílogo, Reséndez relaciona el pasado y el presente. Señala que, aunque se ha hablado recientemente de una «nueva esclavitud» en el mundo actual, ligada a los procesos de globalización económica de los últimos 70 o incluso 30 años y caracterizada por el abuso de resquicios legales, no se trata de algo nuevo, sino de la evolución de un fenómeno de raíces históricas profundas. La trata de seres humanos en la actualidad, dice, muestra incluso similares formas de resistencia frente a la voluntad de terminar con ellas desde la ley. Se trata de una reflexión interesante que coloca su estudio en el candelero de la realidad social del mundo de hoy.

Resulta, en definitiva, de un libro muy interesante tanto por el tema que aborda —a veces pasado por alto, especialmente por el resurgimiento de una leyenda rosa del imperio hispánico— como por los enfoques e ideas que propone.

Andrés Reséndez
La otra esclavitud. Historia oculta del esclavismo indígena
Grano de Sal/ Instituto de Investigaciones Históricas UNAM
2019
420 páginas

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